De porqué nos gustan las rosas

   Vas caminando por el campo, ves las hojas de los árboles mecidas por la brisa, el sol brillando con intensidad en medio de un cielo tan azul que no parece de este mudo. Los pajarillos revolotean con tanta sutileza como si bailaran una bella coreografía. Eliges sentarte  junto a un árbol, cobijado por la sombra que proyecta y entonces la ves, majestuosa, descansando en un saliente de una pequeña colina. Al principio no entiendes muy bien que hace en un lugar como ese, y luego te preguntas cómo es posible que no hubieras reparado en su presencia antes.

   Es hermosa, y tú no puedes evitar perderte en su figura, el contorno de sus formas roza la perfección. De repente eres consciente de tu propia respiración y sientes su fragancia, entonces, te das cuenta de que has dado varios pasos hacia ella sin querer, y te sonrojas. Empiezan las dudas ”¿Debería acercarme más? ¿Y si voy, qué hago? ¿Me atreveré a tocarla siquiera?”. Al fin te decides y empiezas a caminar, hasta que algo te detiene. A tus pies el terreno ha perdido consistencia, a penas puedes mantenerte en pie sin caerte y la inseguridad te abraza nuevamente, aunque esta vez es distinto, pues viene vestida con miedo. Durante ese instante que te has parado te cuestionas el por qué, habiendo tantas otras en otros tantos lugares, te has fijado en ella, tan inalcanzable. Piensas que muchas son bellas, sí, pero ninguna tenía ese aroma a misterio tan embriagador, un aura inquietante que te atrae como la miel a las moscas. Mientras divagas, y a pesar del miedo, haces un esfuerzo por seguir aproximándote.

   Finalmente llegas a su lado, y cuando intentas tocarla ella reacciona y te hiere. En ese momento dejas de verla y por primera vez la miras de verdad. Es ahí cuando caes en lo estúpido que has sido todo ese tiempo. Lógicamente, no eras el primero que, víctima de su hechizo, intentaba tenerla para sí, muchos lo habían intentado antes, y ella estaba harta. Observas que incluso tiene cicatrices, pues para algunos que los rechacen no es impedimento suficiente y llegaron a herirla en su afán de poseerla. Es por ello que se había refugiado allí, en ese pequeño risco. Ya había perdido la fe en todo cuanto la rodeaba, y renegaba cualquier tipo de contacto. Fingiendo amarla habían marcado su cuerpo y herido su alma. Ella sólo quería amar y ser correspondida, pero su belleza se había convertido en su maldición, pues nunca nadie había llegado a quererla de verdad, sino al envoltorio que la recubría. Por eso se ocultaba y por eso hería a los necios que osaban acercarse a ella, para evitar volver a sufrir. La culpabilidad anida en tu interior, quisiste ser el héroe de una princesa en apuros y te has convertido en otro sapo más que pretende ser lo que no es. Piensas que partir antes de seguir humillándote es la mejor opción, pero, antes de marchar, te acercas a ellas, y le susurras cuanto lo sientes, que deberías haber entendido que no tenías ningún derecho a molestarla así.

   Ella nota la sinceridad y el arrepentimiento en tus palabras y te dice que su corazón ya tiene dueño: se lo había entregado al propio cupido para que lo usara en sus flechas, de esta forma ella no quedaría atada a una persona, sino que amaría a todos los seres a los que el espíritu del amor verdadero acariciara. Al tiempo que narra su historia te da un obsequio, y, con suma suavidad, la rosa deja caer uno de sus pétalos en tu mano.

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