Los padres de las estrellas

   Hubo un tiempo, anterior a los hombres y los animales, antes de que existieran los continentes en la Tierra y la Luna en el cielo, en que las leyes que regían el mundo no venían dadas por la física o las matemáticas. Era la voluntad de los únicos seres que lo habitaban lo que imperaba, y cuya historia sólo tuvo como testigo a las estrellas.

   Ellos eran el impasible espíritu del tiempo, Jikan, y la atolondrada espíritu del amor, Ai. ¿Por qué vivían ellos dos sólos en un lugar tan grande? Pues porque cuando el universo surgió, en sus primeros momentos, todo lo que en él ocurría se reducía a dos cuestiones: el inexorable paso del tiempo y la fuerza que unía las partículas para crear los átomos, las moléculas y las estrellas, la fuerza de atracción más poderosa, el amor. Así, durante eones.

   Ai era muy jovial, vivía con una sonrisa escrita en los labios y le brillaban los ojos. Iba de aquí para allá probando a crear cosas nuevas, a veces le salían cosas preciosas como las constelaciones y los cometas, y otras veces no hacía más que crear un amasijo de gas y polvo brillante que no parecía tener mucho sentido. Por otro lado, Jikan sólia tener un semblante más serio, como si ese mar de infinitas posibilidades que tenía delante no fuera suficiente. Miraba a la nada, dejando que todo diese vueltas a su alrededor, y, aunque ella creía que él la ignoraba, en realidad estaba enamorado de ella, pero no se atrevía a decirle nada por temor a romperla, por miedo a marchitarla.

   ¿Por qué estás siempre así? – preguntó un día su risueña compañera – Me aburro sólo de verte… ¿Por qué no juegas conmigo un rato? – añadió, esperando que él accediera. Hacía mucho que quería que se uniera a ella en sus juegos, y no pensaba aceptar un no por respuesta.

   Se le hizo un nudo en el estómago cuando la escuchó – Nada me gustaría más, pero – dijo casi balbuceando y, tras una pequeña pausa siguió hablando, aunque no sin dificultad – me gusta demasiado todo lo que haces, y le pones tantas ganas que me siento mal cuando lo toco, porque sólo sirvo para romperlo – tragó saliva antes de extender la mano y rozar una pequeña estrella que brillaba con una tenue luz blanquecina. En cuanto entró en contactocon su piel, la pequeña estrella creció, se hizo roja y grande y luego… luego se deshizo en un montón de polvo – ¿Lo ves? Tú traes la belleza, mientras que yo la extingo, por eso nunca me muevo de aquí, no quiero estropear esas cosas tan bonitas, quiero que duren para siempre, y conmigo eso no puede ser.

   Ai pudo sentir la pena de Jikan en lo más hondo de su ser, y, conmovida se acercó y lo abrazó – Puede ser, pero sin ti es muy aburrido. ¿De qué sirve hacer cosas bonitas si no tienes con quién compartirlas? – le brillaban los ojos de una forma radiante – Yo no quiero que dure para siempre, sino que dure contigo, no me gusta estar sóla y sé que a ti tampoco. ¿Para qué queremos una eternidad si nadie nos acompaña? – el timbre de su voz rozaba la súplica, y eso hacía quebrarse el alma de Jikan.

   Él se quedó inmóvil, no sabía qué decir o qué hacer… Y de repente se le ocurrió una idea… Tan descabellada que sólo a alguien como ella podría llegar a gustarle – Tengo una idea – paró un instante para aclarar sus ideas – pero es bastante arriesgada y no sé si…

    Lo que sea – lo interrumpió ella – pero no quiero estar más sin ti.

   Entonces, Jikan cogió de la mano a su amada, puso un beso en sus labios y, al tiempo que todas las cosas que Ai había creado explotaban, otras nuevas aparecían. Imaginaos un espectáculo de fuegos artificiales en todo el universo a la vez, fue increíble. De repente, entre esas nuevas creaciones había algunas que eran diferentes a las demás, no eran trozos de roca y hielo inertes, sino que se movían, hablaban y sentían, al igual que los dos amantes.

   De la unión de ambos surgió la vida, una vida en la que todo giraba en torno al amor, y, aunque el paso del tiempo hacía mella en ellos siempre daban lugar a nueva vida, igual que habían hecho sus abuelos. Las nuevas criaturas, habían heredado la futilidad del tiempo, que les hacía apreciar aún más cada momento, así como también la energía del amor, que era el motor de su existencia. Ellos eran los nietos de Jikan y Ai, del tiempo y el amor. Ellos son los hijos de la estrellas.

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