Kintsukuroi, o de cómo ser felices por estar rotos

   Todos estamos rotos. Y eso es algo maravilloso.

   Unos están hechos trizas como si la vida se hubiera cebado especialmente con ellos y otros apenas tienen un par de arañazos, pero no hay nadie que no tenga una parte de sí mellada por su propia historia.

   Y lo peor, es que estar roto duele. O eso pensamos.

   Cuando se abre la herida piensas que el dolor es demasiado amargo e intentas consolarte en que remitirá algún día. Pero no es tan sencillo, porque, al igual que las heridas en la piel después de cicatrizar dejan una marca que te recuerda dónde y cómo sucedió, los cortes en el alma también tienen una impronta que no se pierde.

   A veces crees haberlo olvidado, que se ha ido, pero no es así, puede ser que a ratos te olvides de que está ahí, pero eso no quiere decir que haya desaparecido.

    Y no se trata de nada malo, en absoluto. Es una prueba de lo fuerte que eres, de lo que has pasado sin caerte como un castillo de naipes ante la menor adversidad. Las cicatrices no son algo que esconder, sino algo que lucir con orgullo, como pudieran hacer los bárbaros en la antigüedad con sus heridas de guerra. Un guerrero con la piel intacta no valía nada junto otro curtido en cien batallas cuyo cuerpo las atestiguaba. Cada cicatriz significaba una ocasión en la que podría haber muerto y no lo hizo, demostrando así su valía.

   Si las aceptas y aprendes a vivir con ellas, el dolor se convierte en la ilusión de un recuerdo, y sólo queda lo bueno, porque siempre hay algo bueno. Un palabra, un gesto o una enseñanza, pero no dejes de rescatar aquello que puedas.

   El mundo en que vivimos nos hace pensar que hay que ser perfectos, mostrarse siempre enteros y no permitirse flaquear.

¿Por qué? Si un día quieres romper a llorar, hazlo. Si sufres por algún motivo y necesitas un hombro sobre el que llorar, que no te dé vergüenza. Lo que nos hace especiales es la dualidad, por eso sentimos tristeza y alegría, odio y amor, miedo y valentía… Somos seres únicos que vivimos entre los límites de dos mundos, y no es malo dejarse caer a un lado de vez en cuando. Y si te haces daño en el proceso, no lo ocultes, haz Kintsukuroi de tus heridas y de tu historia, no trates de fingir que no están ahí, así corres el riesgo de que se repita la historia.

   Ellas son las que te empujan a crecer,  a ser más fuerte. Todos partimos del mismo molde, pero lo que nos diferencia son las heridas que tenemos, por ellas eres tú quien eres, y no otro.

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