Frío

   Tengo frío. Bueno, puede que tenga frío. Eso sería lo más correcto, la verdad, ya no estoy seguro. Creo sentir que tengo frío. Eso es lo que me dice mi cuerpo.

Mi cuerpo.

   Es curioso que lo llamemos así, ¿no? Suena como una posesión más de nuestra persona, algo que tenemos. Pero, ¿por qué tengo derecho a tenerlo?. Quizás dentro de él haya otro Yo, quizá haya un millón de Yoes oprimidos bajo el yugo de mi voluntad.

   Y, si mi cuerpo es algo que tengo, es que no es parte de mí. No puede ser parte de mi esencia algo que no soy sino que me pertenece. Para ser dueños de algo ese algo tiene que ser ajeno a nosotros. Tengo mi casa, mis muebles, mis libros y tengo mi cuerpo. Un juguete más con el que entretenerme, una pieza mecánica que obedece los impulsos de mis caprichos.

   Mientras divago noto como el viento invernal entierra sus colmillos de hielo en mis carnes, al igual que haría un lobo hambriento. No es que el viento sea malo per se, al igual que el depredador no mata por placer, lo hace por instinto, para sobrevivir, porque es lo que sabe hacer. Si el lobo comiera zanahorias no lo llamaríamos lobo, sino conejo, y si el viento del invierno fuera cálido no lo llamaríamos invierno, sino verano. Así que ahora sólo cuestión de tiempo que apriete la mandíbula con fuerza y comience a desgarrarme. Bueno, no a mí, sino a mi cuerpo

   Volviendo al tema interesante, si asumo que no soy mi cuerpo, ¿qué me queda? Las ideas, los sentimientos… Suena tentador, ser ideas y emoción. Sin embargo, eso no son más que impulsos, son una reacción al mundo exterior. Son la manera en que dialogo con el mundo que me rodea, pero de la misma forma que los padres no son sus hijos, yo no soy mis pensamientos. No puedo ser ellos porque yo los he dado a luz.

   Mi cuerpo está enviándome señales, señales que me hacen tener ideas, sentir. Siento la nieve cayendo sobre mí, la escarcha que se forma sobre mi piel. Noto las articulaciones entumecidas. Y aún así, no hago nada. Ya no me preocupa. Porque no soy yo.

   Intento olvidar la desagradable sensación del aire gélido y trato de volver a centrarme en pensar. He creado una duda en mí, una pregunta que necesita ser contestada pero cuya respuesta no sé dónde buscar… Y, aunque me digo que es algo pasajero, que debo levantar mi cuerpo de entre la nieve y volver, una parte de mí, ansiosa de experimentar para averiguar la verdad, me insta a quedarme.

   A quedarme allí, e ir abandonando poco a poco todo lo que creía ser, y esperar al final para averiguar lo que tanto anhelo saber, lo que todos deseamos saber desde que recordamos hasta que dejamos de hacerlo.

¿Quién soy?

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