¿Por qué?

   Seis letras.

   Dos interrogantes que rezuman ansiedad por los cuatro costados.

   Mil pensamientos e infinitas conjeturas sobre todo lo que pudo haber sido y no fue, sobre qué será a partir de ahora, sobre quién eres, dónde estás y cómo has llegado hasta allí.

   Claro que, de haber sabido que este era el destino, probablemente habrías decido bajarte antes del tren y ahorrarte el mal trago que estás pasando ahora. Bueno, mal trago por llamarlo alguna forma, definitivamente quien inventara esa descripción no había pasado uno en su vida. Porque es lo contrario a tragar. Es como si todo tu ser quisiera salirse de dentro de ti, abofetearte por imbécil y marcharse lejos, muy lejos. Es un nudo en tu garganta, pero no dentro de ella, si no alrededor, que te va apretando cada vez pero asegurándose de que puedas respirar lo justo para no caer inconsciente y librarte de la tortura.

   Sin embargo, aún con todo ese sufrimiento, sólo dos palabras rondan tu cabeza. Una pregunta para la que te inventas toda clase de respuestas esperando que alguna te ayude a entender lo que ha sucedido. Esperando a que alguna haga callar a esa cruel vocecita en tu cabeza que te obliga a seguir pensando en el mismo tema.

   Hay cierto punto en que te planteas lo masoquista que puedes llegar a ser. O sea, te ha pasado algo horrible, vale. Lo ideal sería pasar página y superarlo. Pero no. Tú prefieres comerte el coco hasta que tus neuronas en vez de sinapsis practiquen canibalismo indagando en la razón que ha motivado tu desgracia. Quizá, en el fondo, una parte de ti lo anhelaba. Piensa en todos esos momentos en que tus amigos o tú mismo te dijeron que no lo hicieras. Que no siguieras adelante, que no valía la pena, que iba a acabar mal.

   ¿Para qué? Tú te creías de hierro y auto suficiente. Algo así como Superman pero sin kryptonita. Y mírate ahora. Estás peor que nunca, enterrado en una montaña de preguntas que sabes que nunca nadie va a responder. Y si lo hicieran, tampoco sería lo que tú querrías oír, así que tampoco importa demasiado.

   Aunque oye, no sufras (tanto). No eres el primero ni el último que cometerá errores. ¿Quién puede presumir de no tener un tachón o un par te borrones en la historia de su vida? Y si hubiera una persona así, me compadezco por ella. Errar es humano, y aprender de los errores de sabios. Equivocarse no es un problema, puede ser doloroso, pero el dolor se acaba. No obstante, de la equivocación puedes sacar una enseñanza, y no dejar que ese dolor vuelva a golpearte. Cuando vuelva a intentarlo tú estarás preparado para esquivar el golpe y devolvérselo con tanta fuerza que no se atreva a volver a acercarse a ti.

   Así que, si quieres, puedes seguir hundido en tu abismo por qués e y síes o, en cambio, puedes enjuagarte las lágrimas, ponerte en pie y seguir caminando. Suelta a las preguntas y que se peleen entre ellas, tú tienes algo más importante que hacer, tú tienes que vivir.

   Y si el dolor es tan fuerte que tu cuerpo no te responde, que te mantiene temblando en un rincón y lo único que puedes mover son tus pulmones al respirar, haz eso. Respira. Y recuerda:

This, too, shall pass.

2 comentarios sobre “¿Por qué?

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  1. He pasado por esta situación demasiadas veces y reflejas con tus palabras, perfectamente, lo que sentía por aquellos entonces.
    Y sí, me he planteado mil veces por qué era tan masoquista y por qué tropezaba tantas veces con la misma piedra.
    Pero al final llega un día en el que saltas y ves que delante tuya había muchísimas más cosas que no viste por estar cegado por esa piedra. Y en vez de seguir preguntándote por qué a ti decides tomar tú las riendas y continuar por el camino que tú quieres.

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    1. Tal cual lo has dicho, y la verdad que es algo que me apetecía muhco reflejar porque a veces, cuando te haces esos planteamientos piensas que debes de ser el único pirado masoquista, peor no es así.

      ¡Gracias por pasarte Marina! 🙂

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