El chico que esperó

   ¿Dónde está? ¿Le habrá ocurrido algo? – Me pregunto mientras miro el reloj por enésima vez.

   Son las 9:05 y aún no ha aparecido. No es propio de él llegar tarde. Es más, nunca lo ha hecho. A veces llega antes de tiempo, y otras justo antes de salir el tren, pero siempre llega, con una sonrisa que rebosa una extraña calidez y que me hace sonreír a mí también. Aunque no se lo digo, claro, porque nunca nos decimos nada.

Pero hoy no está.

   Siempre viajamos en el 3er vagón, y ahí sabemos que estará el otro. No sé a dónde irá porque yo me bajo antes, pero imagino que va a clases. Lo supongo por la mochila que lleva siempre cargada en un hombro y el aspecto informal, que normalmente son unos vaqueros desgastados y una camiseta con el logo de alguna banda de rock de los 80.

Pero hoy no está, y no puedo ver cómo va.

    Me resulta extraño. Puede que se haya puesto malo, o simplemente que se haya quedado dormido, pero el caso es que no ha venido y no puedo evitar preocuparme un poco. Me repito a mí mismo que no tiene sentido, que seguramente no se trate de nada grave, y me doy cuenta de que ha sonado el último pitido antes de que salga el tren. Ahora es cuando saca su novela y se pone a leer, con ese aire tan enigmático. Frunce el ceño intentando encontrar por dónde va y luego asiente como recordando la frase exacta por la que se había quedado.

Pero hoy no está, y no puedo ver qué lee.

   Después de los últimos meses me he acostumbrado a tenerlo enfrente. Cuando llegamos a la primera parada él aparta la mirada del libro. Yo hago como que no lo estaba mirando antes de que nuestros ojos se encuentren. Ahora pienso que quizá debería acercarme y decir «Hola». Al fin y al cabo llevamos varios meses repitiendo la misma rutina y, aunque fuera sólo por educación me respondería.

Pero hoy no está, y no puedo intentar hablarle.

   Ya queda sólo una parada para que yo me baje, y pienso que es el peor momento del trayecto porque dejo verlo. Sé que no le conozco, pero es parte de su encanto. Si no sé quién es puede ser cualquiera. Puede ser quien yo quiera y no ser nadie al mismo tiempo. A veces me digo que es artista, otras que es ingeniero, médico… Tiene mil y una vidas diferentes en mi imaginación, y si no sé cuál es cierta todas lo son.

Pero hoy no está, y no puedo imaginar quién es.

   Llega mi estación y antes de salir del tren miro hacia atrás, esperando verle allí, y que me dedique una de sus amplias sonrisas. Estoy a punto de volver atrás y decirle algo. Decirle que nuestro juego cada mañana me alegra los trayectos, y que siempre cojo ese tren para verlo a él. Pero cuando me doy cuenta ya me he bajado y sé que no volveré a verlo hasta el día siguiente.

Pero hoy no está, y no puedo verlo una última vez.

   Cuando vuelvo a casa veo en el calendario que hoy hace ya un año. Un año desde que no lo he vuelto a ver, un año desde que aquel accidente de autobús a las 8:47 acabó con la vida de mil y una personas, las mil y una personas que él era para mí, aunque para el resto del mundo fuera simplemente una, un tal Mark Clarkson, que perdía la vida cuando el autobús 126 era golpeado por un camión de transportes, a las 8:47, es decir, 18 minutos antes de que saliera el tren en el que yo lo esperaba. Los mismos 18 minutos que duraba el trayecto que compartíamos, los mismos 18 minutos en que nunca tuve el valor de hablarle y saber quién era, 18 minutos que podrían haberlo cambiado todo.

Pero hoy no está, y no puedo dejar de llorar por haber esperado demasiado.

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