El silencio

 Dolía en mis oídos.

 También en mi estómago.

 Y en mi pecho.

 Hacía tiempo ya que me había acostumbrado a sentirlo, pero eso no significaba que doliera menos, simplemente me había hecho a la idea de vivir con ello, o por lo menos de intentarlo. La verdad es que llegaba incluso a odiarme por ello, ¿Por qué seguía aguantándolo? ¿Por qué no me elegía a mí en lugar de a la nada?

 Cada día que pasaba era un poco más mudo que el anterior.

 Y el zumbido sordo en mis oídos se volvía más molesto.

 También era mis frío y afilado el puñal que se enterraba en mi estómago.

 Y más pesada la roca que aplastaba mi pecho, dejándome casi sin aliento.

 Es curioso, porque a pesar de ello, a pesar del dolor que me causaba, la quietud hacía falsas caricias en mis orejas, el frío era tal que me quemaba por dentro y el peso era tan grande que me olvidaba de lo demás.

 Y, cuanto más dolía, cuanto menos podía soportarlo, más lo anhelaba, quería un poco más de esa nada que me engañaba para seguir buscándola. Me decía que, en algún sitio perdida había una dulce melodía que se había perdido, y que yo podría encontrarla si seguía buscando, si seguía esperando. Mi imaginación, engatusada por esa idea, me hacía soñar despierto con ella. Recreaba ese mundo ideal en que sonaba esa canción escondida.

 Era un lugar maravilloso. En él, no había sueños sin cumplir, el fracaso era algo que sonaba a extranjero y todos los tal vez, los ojalá y los y sí eran más que palabras. Allí cobraban vida, volviendo reales todos los anhelos, y eso me recordaba cuál era el mío. En ese mundo, aquel amargo silencio se volvía poco más que un recuerdo pasajero, una complicación cualquiera en mi viaje del héroe hasta llegar a mi destino final.

 De repente, como por arte de magia, me doy cuenta de que algo había cambiado.

 En mis oídos volvía a sonar música.

 También en mi estómago había quedado atrás el frío y en su lugar un calor acogedor se expandía.

 Y en mi pecho ya no había ninguna roca que me aplastara, permitiéndome volar.

 «Por eso elijo quedarme» pensé. Por eso elegía el dolor y las cadenas a mi liberación. Por eso no me elegía a mí. Elegía la falsa esperanza de encontrar esa melodía perdida, de llegar a aquel mundo ideal. Me había estado consumiendo por dentro hasta quedarme hueco, me había convertido en una marioneta cuyos hilos estaban atados a una ilusión desesperada.

 Elegí una bonita mentira, abrazarme a un bloque de hielo en pleno invierno. Sabía que estaba frío, pero me quemaba, y eso es lo más parecido al calor que podía llegar a sentir.

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