7 segundos

   Siete segundos. En siete segundos caben una vida entera o toda una eternidad condensada.

 En el primero estás asustado. No, es más que eso, estás muerto de miedo. No sabes cómo has llegado allí, todo es confuso a tu alrededor. Tus músculos se agarrotan y pierdes el control sobre tu propio cuerpo. «¿Cómo puedo volver a respirar?» te preguntas sin saber si serás capaz de salir de esta mientras oyes al cielo rugir tan fuerte que casi puedes sentir como se parte en dos.

 En el segundo intentas retomar el control. Luchas contra esa fuerza que te está oprimiendo. Gimoteas, te retuerces, aprietas los dientes y forcejeas por dentro como puedes. Notas el sudor recorriendo tu frente y empiezas a pensar que el esfuerzo es en vano, que las cadenas invisibles no ceden lo más mínimo.

 Llega el tercero, y ya has perdido la mitad de tu tiempo aunque todavía no eres consciente de ello, o no quieres serlo. Sabedor de que no tienes cómo enfrentarte a aquello de lo que eres presa, abres los ojos y observas a tu alrededor con atención, buscando una chispa de esperanza. Pero el paisaje es desolador como si la tierra estuviera apagada. Las imágenes que antes era borrosas y difusas parecen ir tomando forma. Son oscuras, como la sombra de lo que algo fue y no ha vuelto a ser «¿Qué serán? ¿De dónde vendrán?»

 Cuatro segundos han pasado ya y empiezas a tomar conciencia de cuál es tu situación. El cielo abriéndose sobre ti ha dejado de ser una tétrica fantasía para convertirse en tu nueva realidad. Un manto de nubes negras como la noche que se avecina lo atraviesa. De ellas manan infinidad de gotas de lluvia, tan negras como su cuna. Si no te pareciera una locura pensarías que el cielo llora, lágrimas de dolor que en vano riegan los restos de lo que había sido.

 Cuando el quinto segundo llega empiezas a sentir. A sentir de verdad. Tus pies, tus manos, todo aquello que antes era inútil ha cobrado vida, quizá por la lluvia que te baña, aunque en realidad no te importa, ahora que por fin puedes moverte tienes que buscar una salida. Una salida a ese mundo trágico en el que te encuentras. Tu cuerpo lleva tanto tiempo dormido que se queja cuando lo usas. Caminas descalzo por esa tierra muerta y sientes su frialdad en la planta de tus pies, te das cuenta de que no sabes por dónde salir.

 Seis segundos y por fin tienes una idea que crees que puede ayudarte. Decides acercarte a una de las sombras, y pedirle consejo. Si no pueden indicarte cómo salir por lo menos esperas que te den algún consejo útil. Cuando por fin llegas a una te quedas helado. La observas con detenimiento. «No puede ser» te dices, negando lo evidente. La sombra no era tal, sino una persona, como tú, a la que la lluvia oscura había tintado por completo. No, no está teñida, está podrida, «¿Cuánto tiempo llevará aquí?». Intentas hablar con ella, pero apenas es capaz de producir sonidos guturales más parecidos a un sollozo que a cualquier otra cosa.

 Cuando te das cuenta es demasiado tarde, han pasado siete segundos y tu piel se está poniendo del color del azabache también. Corres, a toda velocidad y en cualquier dirección, intentando salir de ahí, pero es demasiado tarde. El suelo se vuelve pegajoso a tus pies, empiezas a gatear. Vas perdiendo tus fuerzas poco a poco, te vas a abandonando a tu suerte, ya eres una sombra más.

 Tenías siete segundos, como todos. Ni uno menos ni uno más, no hay excepciones para nadie. Sólo te queda ver cómo otros repiten tu historia y olvidar. Olvidar tus recuerdos, dejar que se conviertan en la historia de otro. Con un poco de suerte en una canción que suene con el tintineo de las lágrimas del cielo, que no rugía por fiereza, sino por el destino que te aguardaba, y que te ha acabado ahogando en su propio llanto.

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