El invierno

   Hacía ya tiempo que me había convertido en un súbdito más de la Princesa Invernal, y aún más desde que pudiera conocer la magia de sus palabras.

   Todo comenzó a cuando llegó el invierno, fue entonces cuando empecé a oírla. Su voz era dulce y melosa. Tierna y juguetona, se movía entre las ramas de los árboles que, con su mayor esfuerzo, la seguían en su baile hipnótico. Así la conocí, siguiendo los quejidos de los árboles hasta encontrarla. Y la encontré junto a un banco en una calle perdida. Allí estaba, un susurro casi imperceptible que revoloteaba en el ambiente.

   Me cautivó con sus palabras.

   Siempre sabía lo que decir, y me contaba cientos de historias maravillosas sobre héroes inmortales. Los había de todo tipo, héroes valientes, héroes románticos, héroes locos o héroes perdidos… Así es como yo pasaba las tardes, dejando que la gélida voz del invierno acariciara mis oídos y mi piel, viendo el sol ponerse y quedándome enterrado poco a poco bajo los copos de nieve.

   Es verdad que pasaba frío, mucho además. Pero no es menos cierto que sus cuentos eran mágicos. Aunque los contara con el frío aire de una tarde de enero, aunque después de las primeras horas dejara de sentir los dedos, había algo en ellas que me alentaba a quedarme ahí. Y cuando las oía parecía que el sol calentara un poco más, que la nieve estuviera hecha de polvo de estrellas y que los árboles cantaran acompañando los relatos.

   Cuando al fin anochecía yo ya era uno con el paisaje, un cúmulo de nieve más en mitad de la nada. Se encendían las farolas, alumbrándome con una luz tenue. Entonces ella callaba, trayéndome de vuelta a la realidad. Me levantaba y, después de sacudirme la manta nívea bajo la creía estar enterrado, emprendía el camino de vuelta a casa. Durante el trayecto, a pesar de que ya no pudiera oírla, sus historias seguían dando vueltas en mi cabeza. Cada vez pasaba más tiempo pensando en ella y menos en el mundo que me rodeaba.

   Las tardes sentado en el banco se volvieron una necesidad. Eran la única forma que tenía de acallar mis propios pensamientos, de escapar de una realidad fría y gris donde el invierno era algo triste. Era un invierno frío y sin sentimientos que descascaraba de mi piel todas mis ganas de estar allí. No como el suyo que estaba lleno de vida.

   Pasó el tiempo y llegó el la primavera, y más adelante el verano, pero para mí seguía siendo invierno. El invierno ya no estaba en los copos de nieve que cubrían a los árboles, ni en las ventiscas o en el cielo encapotado. El invierno estaba dentro de mí.

   Cuando la nieve me enterraba a mí, también se enterraba en mí. Así comenzó a crecer en mi interior una segunda piel. Una piel fría, dura y aparentemente resistente aunque en realidad podías romperla con solo tocarla. Y lo intenté, juró que intenté quitármela incontables veces, pero siempre volvía. Por más que pudiera partir el hielo el frío siempre se quedaba, haciéndolo volver a crecer.

   Me acostumbré a oír las baladas de la nieve, a vivir en su mundo, y me convertí en uno de sus personajes de cuento. Uno que andaba perdido, uno que parecía loco, uno que se sentía romántico, uno que quería ser valiente.

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