Mascarada

   Estoy en un salón de baile ridículamente grande y donde todos los detalles están cuidados al máximo. La junta de las piezas de mármol del suelo que parece un río de oro líquido con infinitas bifurcaciones o los adornos que decoran la pared como si fuera un cuadro en sí misma son prueba de ello. Y la luz. La luz que baila al son de la música, colándose entre la miríada de cristales que forman una enorme nube de diamantes brillantes en el techo. Resplandece como el propio Sol, pero este Sol brilla sólo para nosotros.

   Es un baile de máscaras. Máscaras alegres, tristes, de colores, apagadas, sonrientes, tristes, con plumas… Mil y un tipo de máscaras diferentes a todas las demás. Pero máscaras al fin al cabo. ¿Qué sienten los bailarines que están detrás de ellas? Quizá el que lleva la máscara más alegre es quien peor se siente, quizá el que lleva puesta la máscara más humilde sea el más rico o quizá el que lleve la más bonita sea la peor persona. Pero no puedo saberlo. Y, ¿por qué han elegido ponerse esa y no otra?

   Algunos lo habrán hecho porque era la más cómoda, otros porque no tenían ninguna más, otros porque alguien les dijo que esa era para ellos, y otros porque les asustaba ponerse la que realmente les gustaba. La verdad, dudo que la mayoría lleve puesta una máscara que realmente les guste.

   Un, dos ,tres… Un, dos, tres… La música sigue sonando. Un vals detrás de otro que te hace seguir bailando aunque te duelan los pies, te apriete el traje que llevas o no te guste tu máscara. ¿Y si quiero quitarme la mía? ¿Y si no me gusta lo que llevo puesto? ¿Y si esta canción no es para mí?

   Esas y decenas de preguntas más me asaltan la mente, pero con cada compás el disfraz se pega más a mi piel. Empieza a confundirse dónde acaba lo uno y dónde empieza lo otro. Pero no soy el único al que le pasa, al resto de invitados les ocurre lo mismo. Algunos se preocupan y ponen mala cara, otros lo disimulan, hay quien grita como si se fuera a despegar porque sí. Pero no es así, las normas son iguales para todos.

   Lo curioso es que nadie se atreve a quitarse su propia máscara, les escuchas quejarse, pero no hacen nada.

   Tienen miedo. Miedo de arrancar parte de su piel al quitarse la máscara, miedo de que los demás no lo reconozcan, miedo de parecer raros o diferentes, miedo de ser incomprendidos, miedo de haber olvidado cómo es su propio rostro, miedo de volver a ser quiénes realmente son, y no quiénes los demás se han acostumbrado a ver.

   Parece que a veces la música si hace concesiones y, conforme pienso esto, mi propia máscara se resquebraja un poco, quizá sea lo suficiente como para tirar de ella y volver a verme reflejado en los espejos. Volver a verme a mí, y no al muñeco. Tiro de ella y se despega un trozo, pero sigue ahí. Quizá no, no he podido deshacerme de ella, pero es un paso en la dirección correcta.

¿Y tú, te quitarás la tuya?

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