Koi

Entre burbujas de sal abrí los ojos por primera vez. Me fije en cómo flotaban y se perdían en una luz que las hacía brillas llenas de color. Mis hermanas nacían igual de encantadas con lo que nos rodeaba, aunque más atentas a cosas como el bosque danzante que nos rodeaba o a cómo moverse libremente.

Pasaba el tiempo y yo seguía maravillado con esas pequeñas esferas que subían y se escapaban de aquello que nos rodeaba.

Quise atrapar una para verla más de cerca. Al principio me resultó difícil atinar a mover mis aletas con precisión hasta que al final le pillé el tranquillo. Para mi sorpresa, cuando logré alcanzar a «cazar» una de estas esferas brillantes se separó en varias más pequeñas que, como decenas de ellas anteriormente, se me escaparon y siguieron su camino.

También quise ver cómo nacían. Si también habían salido de un huevo o de dónde venían. No hacía más que mirar a todos sitios sin entender nada. Las veía aparecer en el bosque que bailaba a mi alrededor, apareciendo como de la nada. Había otras que salían de la boca de algunos animales que pasaban por allí y también las había que parecían formarse por el simple movimiento del agua en la superficie.

Finalmente, como tampoco entendía del todo bien la manera en que aparecían quise seguirlas para ver a donde iban. Si se juntarían todas al salir del agua o si seguirían subiendo. Si seguirían brillando con esos colores tan mágicos o si cambiarían de forma.

Empecé a mover la cola con fuerza para impulsarme. La verdad es que nadar entre esas esferas de luz se trata de una experiencia de lo más agradable. Me sentía feliz por el simple hecho de estar haciéndolo. Bueno, creo que feliz es la palabra, la verdad es que hacía tan poco que había nacido que me costaba identificar los sentimientos.

Llegué arriba con ellas y vi cómo se disolvían. Se deshacían sin más. Eso fue una gran decepción, aunque, ¿a dónde había ido a parar su luz? ¿Dónde estaban los colores?

Levanté la mirada y allí estaba la bola más luminosa de todas. La que daba su luz a las pequeñas que veía bajo el agua. Supe inmediatamente que quería llegar hasta ella pero, ¿cómo lo hacía sin agua por la que nadar?

Entonces empecé a buscar caminos. Encontré arroyos y ríos que seguían caminos de lo más variados. Entonces le conté a mis hermanas mi plan de remontarlos hasta llegar a la luz más brillante. Ellas se rieron de mí y decían no entender mi obsesión, decían que sólo encontraría problemas allí arriba y que no valdría la pena, sin embargo, yo no les hice caso y emprendí mi viaje.

Algunos de los caminos eran más tranquilos, otros me empujaban con una fuerza abrumadora a la que parecía imposible hacerle frente. Tras mucho esfuerzo, parecía que cada vez me acercaba un poco más pero seguía estando muy lejos mi objetivo. Sin abandonar mi viaje un día encontré un muro. Cascada lo llamaban y parecía llegar directamente hasta el centro mismo de la luz, por lo que intenté subir por ella.

Sin embargo, la fuerza con la que el agua arremetía era tal que no lograba avanzar lo más mínimo. Durante días lo intenté hasta que conseguí subir un poco. Lo que ocurría es que me esforzaba tanto que en seguida perdía mis fuerzas y la cascada volvía a empujarme hacia abajo.

Seguí probando y esforzándome al máximo durante más y más días. Semanas y mese. Incluso años habían pasado desde el día en que había llegado a la cascada y remontarla parecía algo imposible. Aún así, no me rendí.

Un día que parecía cualquier otro, la bola del cielo estaba más radiante que nunca y eso me hizo querer intentarlo con más ganas que nunca. Fue suficiente para llegar arriba. Para mi decepción, la luz seguía sin estar a mi alcance y yo había gastado todas mis energías, no podía seguir nadando, no podía seguir respirando. Y me dejé llevar por un sueño del que no iba a despertar.

Entonces, del propio sol, manó una pequeña chispa de luz. Se trataba de una lágrima del Rey Dragón que, conmovido por mi sacrificio y determinación, se apiadó de mi, una carpa y me concedió una nueva vida.

Mis escamas se volvieron rígidas y refulgentes. Reflejaban todos los colores que había visto en las burbujas bajo el agua cuando la luz las golpeaba. También cambiaron mis aletas y la forma de mi cuerpo, que se estiraba más y más hasta ser gigantesco. Y ahora no necesitaba el agua para poder nadar, sentía que podía hacerlo por donde quisiera.

Me había convertido en un dragón y por fin podía volar junto al sol.


Ilustración de Pinterest.
Relato basado en la leyenda popular del pez dragón.

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