Un día soñaba que me convertía en suspiro. Sí sí, en suspiro, ese pequeño resoplo que según la ciencia se limita a que nuestros pulmones funcionen mejor pero que en realidad es la manera que tiene el corazón de contarlo todo sin decir nada.
Al principio me movía un poco desorientado sin saber qué estaba sucediendo exactamente a mi alrededor. Podía notar la llamada de tantos corazones inquietos como podáis imaginar. Algunos de ellos casi gritaban, pidiendo auxilio, algo que les ayudara a aliviar la carga tan pesada que llevaban encima. Tendríais que haber vistos a un pobrecillo que iba llevando un montón de piedras enormes. Y, si te acercabas lo suficiente, hasta podías ver dentro de ellas los recuerdos congelados que las habían formado. Pertenecía a un señor mayor, con el pelo blanco como la más pura de las nieves. Por lo que había podido ver había sufrido mucho y yo quería ayudarle. Entonces, le di la mano a aquel desamparado corazón y, como si de magia se tratara, las piedras pasaron de ser descomunales a ser poco más que guijarros.
Casi no tuve tiempo de despedirme cuando noté que ya me estaba esfumando en el aire. El viento se levantó con fuerza y me llevó junto a la compungida garganta de una muchacha. Le pregunté qué le ocurría, pero estaba muda, sólo hacia muecas de dolor y asfixia, pero yo no lograba entenderla. Todo cobró sentido cuando me asomé dentro. Tenía metido de lado y mal atravesado un nudo tan grande y complejo que dejaría totalmene perpleja incluso a una experta en el asunto como Charlotte. Me arremangué hasta los hombros, respiré hondo, y soplé con todo mi ser, haciendo que aquel embrollo se disolviera en un montón de estrellas. Era precioso ver esos luceros salir de la boca de la chica, que ya no tenía cara de afligida, sino que sonreía tan radiante que parecía que el Sol iba a tener competencia el próximo amanecer.
El viento, tan juguetón como antes, decidió que era hora de marcharse y me arrastró con él. Esta vez iba con mucha suavidad. Se movía igual que lo hacen unos padres intentando no despertar a su bebé… De puntillas y sin hacer el menor ruido. Cuando por fin llegamos a nuestro destino entendí por qué. Había dos personas, un chico y una chica jóvenes, que estaban allí hablando. Me acerqué un poco más para poder ver la escena con más detalle, y puder sentir las mariposas en el estómago del chico que lo hacían temblar como un flan. Apenas podía balbucear cuando su acompañante lo miraba a los ojos y le temblaban hasta las manos. Allí, tan de cerca, pude ver a sus labios temerosos que pedían ayuda. »Necesitamos valor» me dijeron totalmente aterrados y me conmovieron. Me metí dentro del cuerpo de aquel muchacho y di caza a todo ese miedo que lo tenían atenazado. Mi regalo fue marcharme, un último suspiro antes de poder besar a la chica que amaba.
Finalmente nuestro amigo el viento volvió a hacer de las suyas y en un despisté me sacó de allí volando para dejarme en un mar de burbujas. Brillantes burbujas de alegría, de sueños, de amores… Todas estaban llenas de suspiros como yo y se movían con gracilidad, como si de una coreografía se tratara. Cuando me quise dar cuenta me había unido a ellas, bailando bajo las estrellas, soñando que volvía a ser una persona.