Tic… Tac.
Suenan las manecillas del reloj.
Tic… Tac.
Al principio lo único que percibes es un sonido seco y cortante, con un ritmo perfectamente marcado. Sin embargo, si prestas la suficiente atención y agudas mucho el oído, oyes algo más. El repetitivo compás parece esconder algo más y te das cuenta de lo que hay detrás.
Tic.
Los tics recuerdan siempre a una pregunta. Un ruego que espera a ser atendido, como si un elegante caballero invitara a una dama a un baile. Entonces esta responde. Tac, le dice a su pintoresco pretendiente, con las mejillas teñidas de arrebol y dos hoyuelos llenos de ilusión bien marcados en la comisura de sus labios. Cada fibra de su ser parece desesperada por decir que sí y salir a vivir una aventura.
Tac.
Pero, cuando en su garganta empieza a formarse la afirmación que abre las puertas de un mundo de fantasía, en cuanto sus cuerdas vocales se preparan para decir la palabra mágica, todo se tuerce. Como si de un arpa desafinada se tratara la melodía que emite no es la que esperaba, y en lugar de un vibrante sí se oye un secante tac, tan desesperanzador que quebrantaría la voluntad de cualquiera. La joven, al ver que su propio cuerpo la traicionaba. Entonces, como al pájaro que se le rompe un ala en su primer vuelo se encierra en sí misma y vuelve a su hogar, el nido que ha conocido siempre y del que espera no salir tras su último fracaso.
Tic.
Nuestro galán, que parece no inmutarse por el rechazo de su doncella, insiste. “Qué terco y testarudo, vuelve a ser la misma pregunta, el mismo anhelo de un poco de atención, lo volverá a rechazar” pensaréis…
Mas no podríais estar más equivocados. En la vida, nunca hay dos momentos iguales, de eso se encarga el tiempo, que marca constantemente lo efímero de la existencia. No perdáis el tiempo en intentar repetir acciones, nunca serán iguales, porque eso al tiempo no le gusta. Y, amigos, pocos pueden contradecirlo a él. Así pues, el ruego del muchacho, más intenso que el anterior y con aún más convencimiento si cabe, hace retumbar las paredes, temblar los cimientos y atenazar los corazones en vilo de sus espectadores, que ansían una contestación a tan firme propuesta.
En ese instante, la otra protagonista de esta conversación, la chica-pajarillo, parece reaccionar. Y como si del mundo de los muertos volviera, un halo de esperanza e ilusión la acompaña, un aire a nueva vida la rodea y la inspira. Aún así, se siente un poco insegura, la última vez que quiso hablar se quebró y no sabía si podría soportar otra vez lo mismo. La tensión se vuelve máxima y, cuando ella estaba apunto de renunciar a todo, el chico le ofrece su mano, insuflándole así una bocanada de oxígeno y confianza que le permiten volver en sí.
Abre la boca, inspira tanto aire como puede y, manteniendo a raya a sus revoltosas cuerdas vocales, lo dice…
TONG.
Resuena en toda la estancia de forma armónica. Mientras los jóvenes vivían su periplo el tiempo seguía su paso y el reloj marcaba ya las 12. El dulce y cálido tañido de las campanas acompañaba a las palabras de la bella dama, que no cabía en sí de gozo. Por su lado, el muchacho no podía estar más satisfecho con la respuesta, y esperaba no tener que separarse de la chica nunca más.
La moraleja de la historia podría ser cualquiera que se os pueda ocurrir, pero recordad, que “hoy” es algo único y lo que pase no será igual a lo que pueda ocurrir más adelante. Y no olvidéis, muy de vez en cuando, perderos en el tictac de algún reloj tristón que quiera contaros alguna historia como la de este día.