La verdadera historia de Vega y Altair

   Como en muchas otras cosas, cuando se narra una historia tan antigua como la humanidad misma, hay veces en que se olvida una parte o lo más importante queda olvidado. Por eso hoy os traigo la verdadera versión de un relato de antaño, del cual muchos ignoran la verdad.

   Cuenta la leyenda que en un tiempo muy remoto en que el hombre creía en la magia y ésta se manifestaba en lo cotidiano existía un ser tan hermoso como compasivo. Se trataba de una joven hada. Su piel parecía de la más fina porcelana, era suave, delicada y radiante, tanto que parecía desprender luz propia. Dos esmeraldas adornaban su mirada, de un verde tan intenso y profundo que esos ojos transmitían vida y amor allí donde reposaran la vista. Su cabello era brillante como el Sol y fino como la seda. Y su sonrisa, oh su sonrisa. Ni siquiera los dioses podrían estar a salvo de esa media Luna tan sobrecogedora. Cuando la esbozaba el mundo a su alrededor se detenía, intentando captar la esencia de su gesto, pues no existía imagen más bella en todo el cosmos. Ella era Vega.

   Como no le gustaban las ataduras, ni siquiera en el pelo, lo llevaba siempre suelto, dejando que danzara libremente con el viento cuando correteaba por los bosques en busca de alguna criaturilla en apuros. Como había dicho, Vega era bella a la par que piadosa. Tenía en cada fibra de su ser magia suficiente como para hacer lo que quisiera, incluso podría doblegar la voluntad de un hombre para someterlo a sus caprichos. Mas nuestra hada no era así, ella rehusaba de la maldad y lo impío y se dedicaba en cuerpo y alma a proteger a los más desfavorecidos. Allí donde un pajarillo se quebraba un ala, donde un ciervo perdía a su manada o donde un árbol sufría las consecuencias de una tormenta, aparecía Vega con su benevolente magia dispuesta a curar al herido y ayudar al desamparado. Tanto era así que el aura de vida y sosiego que desprendía incluso hacía florecer las plantas allí donde pisaba.

   Por otro lado tenemos al joven y humilde Altair, un simple campesino con la mirada inocente de un niño y un corazón de oro. Él vivía despreocupado, ignoraba los problemas que hubiera a su alrededor y se limitaba a sonreír siempre que podía, al fin y al cabo creía que si algo no lo hacía feliz, ni siquiera valía la pena reparar en ello. Altair poseía unos brazos firmes, trabajados por la vida campestre, y sus ojos eran del color del cielo, llenos de tranquilidad y calma. Sus cabellos se desdibujaban en una maraña de bucles descuidada que brillaba con intensidad a la luz del Sol, pues él nunca se molestaba en peinarse.

   Una calurosa tarde de verano el muchacho llevó a su buey al río para que éste se refrescara. Al llegar allí oyó la voz de una damisela entonando una melodía con el agua. Sé que es difícil de explicar, pero imagináoslo como si el río fuese un corista y la voz de esa chica misteriosa cantara en armonía con él. Se trataba de un espectáculo digno de oír y Altair no quería interrumpirlo bajo ninguna circunstancia. Pero su gozo no duró demasiado pues su buey mugió, quizás por la dulce melodía, quizás por el calor o quizás porque estaba escrito en los telares del destino, eso no lo sé, lo que sí sé es que de no haber sido por él, nada de esto hubiera ocurrido nunca.

 Volviendo a aquello que nos atañe. Al oír al animal, Vega, sobresaltada, detiene su canción y comienza a vestirse. Altair se acerca y, al verla, queda boquiabierto por su belleza. Entre balbuceos, le pide disculpas por interrumpirla y le ruega que vuelva a cantar para él, pues nunca había oído nada tan hermoso como su voz. El hada, ruborizada, le dice que ha de marcharse, pero, que si tanto anhelaba su canción que volviera al caer la noche y ella estaría allí esparando para deleitarle con un concierto.

   Altair no duda en aceptar su invitación y acude a la cita a la hora acordada. Ella estaba allí, esplendorosa, y, al verle, una sonrisa se dibuja en su cara. En ese momento el muchacho no puede evitar caer enamorado perdidamente de ella, al fin y al cabo la sonrisa, puerta del alma, le enseño lo magnánimo de su alma conmoviéndole.

   Por otra parte Vega, que siente piedad por todos los seres vivos, no puede evitar conmoverse con el chico, pues es capaz de sentir como todo su ser se regocija estando ella cerca. De esta forma ella le hace una concesión y prometen verse en ese río todas las noches desde ese momento. Así, conforme los días pasaban el amor entre Vega y Altair surgía, dando pie a la felicidad última de ambos. No obstante la alegría es efímera, pues la diosa de los cielos, testigo de tal situación, monta en cólera, no sólo por el hecho de que un hada hubiera consumado el amor con un mortal, sino porque estaba celosa de que nadie la quisiera a ella de esa manera.

   Así, para calmar su ira, la diosa del cielo le cuenta a la Reina de las hadas que una de sus súbditas había estado utilizando sus poderes para someter a un mortal, y que por ello merecía ser juzgada. La Reina accede y, como castigo por haber usado su magia con fines egoístas y sin dejar que Vega se defendiera de tal acusación, convierte a los amantes en estrellas. Ahora que los había convertido en inmortales, sólo quedaba un último paso: cogió la más fina aguja de plata y desgarró el cielo entre los amantes, formámdose así un río de luz y estrellas entre ambos.

   Es así como acaba esta historia sobre dos amantes condenados a vivir eternamente el uno sin el otro. No obstante ellos nunca se rinden e intentar comunicarse con el otro siempre, es por esto que son dos de las estrellas más brillantes del firmamento. Y no sólo eso sino que, profundame conmovidas por su historia, durante una única ocasión cada año, en la séptima noche del séptimo mes, todas las urracas del mundo deciden alzar el vuelo juntas. Así, forman un puente, permitiendo que Vega y Altair se fundan en una noche de pasión. De esta forma, la diosa del cielo, esperando a verlos sufriendo por siempre, los convirtió en amantes inmortales y ahora sufre al ver como son felices en sus propios dominios hasta el fin de los tiempos.

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