Estaba cansado de que jugaran con él,
de que le dieran golpes y patadas,
de que lo usaran como un trapo viejo
para limpiarse bien antes de buscar a otro.
Así que un día me decidí
a ser yo quien jugara.
Metí mi corazón en un barco de vela
y el viento lejos se lo llevó.
Pensé que sería divertido,
y que el mar me lo traería de vuelta.
Pero no me lo trajo,
el horizonte lo había engullido ya.
Estaba triste, desolado.
No me atrevía a volver a casa
y tampoco quería quedarme,
así que eché a andar.
Por el día caminaba,
por la noche también.
Viajaba algo perdido,
sin saber bien a dónde iba.
Y, aunque nunca pude encontrar
un destino fijo en el que parar,
nunca un hogar,
no dejaba de volver.
Cada día pasaba por allí,
por aquella playa donde lo perdí,
porque no podía permitirme perder
también esa gota de esperanza.
Tenía la certeza de que no volvería
a verlo o a sentir su calor.
Pero era más fácil fingir la locura,
que aceptar la realidad,
que era mi propia muerte.