Caminos

   No sabría deciros cuándo echó a andar aquel muchacho, pero no había dudas de que su viaje había comenzado hacía ya mucho tiempo. Su aspecto era desaliñado, pero no parecía preocuparle en absoluto. Ese día estaba lloviendo, al igual que el anterior, y el anterior, y el anterior… Realmente no sabría deciros desde cuándo llovía, pero para el chico la cálida luz del Sol había pasado de ser un recuerdo a poco más que una idea cada vez más difusa.

   El frío se le enterraba en los huesos como los colmillos de una fiera, y cada ráfaga de viento era como un nuevo mordisco. Aún así, él iba con la cabeza bien alta y la mirada al frente, ya se había cansado de agachar la vista y esperar a que amainara el temporal. De haber habido gente allí hubieran pensado que estaba loco, que el apagado paisaje le había robado la razón tal y como quitó las estrellas al cielo. Sin embargo, él os diría que nunca antes había estado más cuerdo, pues era la primera vez en mucho tiempo que sabía a dónde iba. El único problema es que no sabía dónde estaba ese lugar.

   Sé que puede sonar un poco ilógico y difícil de entender, pero nunca antes había visto a una persona con tanta determinación.

   – Voy a perderme – dijo. – Toda mi vida he caminado, desde que tengo recuerdos, allí a dónde me decían los mapas- hizo una pausa para tragar.

   – Estoy cansado de ir a dónde el mundo crea que debo ir – Y se giró, señalando un punto en la nada del horizonte gris – Ahora voy allí en donde está mi sitio, el lugar que el destino tiene preparado para mí.

   «¿Cómo sabes en qué dirección está o si el camino es seguro?» Eran sólo algunas de todas las preguntas que se amontonaban en mi garganta sin terminar de salir.

   – Amigo, no te angusties, puedo ver tus dudas en tu rostro – respiró profundamente – Sí quiero hallar mi sino, he de recorrer mi camino, no el de otros – y su semblante se volvió más serio – Al igual que para encontrar Shambala has de desaparecer entre los más recónditos valles de las cumbres nevadas del Himalaya, para descubrir tu propio oasis deberás perderte en ti mismo.

   En ese momento, se puso en pie y, tras un gesto de despedida con la mano al viento, se dio media vuelta, y volvió a caminar, como había hecho siempre, pero como nunca antes. Como perderse para encontrarse.

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