Cartas a Cupido

Recuerdo que, con 15 años, en un mar de dudas y miedos al qué dirán o descubrir que era «raro», más de una vez rozaba el llanto por no atreverme a decir lo que sentía. Que la almohada y el Word eran quienes único escuchaban los anhelos de cariño que pudiera guardar y que eso de querer me quedaba ajeno. Que no estaba hecho para mí, una idea cuya semilla se plantó y nunca me preocupé demasiado de arrancar.

Con 18 iba dejando atrás los miedos y en algún momento alguien me robó un beso, que parecía saber a todo lo que me faltaba y a nada. Una sensación amarga había empezado a enraizar sin que me diera cuenta. Cada vez que la flecha del querubín atravesaba mi pecho se llevaba un trozo de mí consigo y, medio atolondrada, para olvidar su destino. Entretanto yo seguía caminando por un sendero que no sabía a dónde llevaba.

«No busques a alguien con quien ir a donde quieras estar, ve allí y encontrarás a las personas adecuadas», dijo alguien alguna vez.

¡JA! ¿Y a dónde vas cuando no sabes qué quieres? ¿Cuando la vida te ofrece miles de caminos diferentes y excluyentes y no eres capaz de pasar de la encrucijada? ¿A quién preguntas qué dirección tomar, si hace buen tiempo o si puede guiarte? Era el momento de la indecisión, del quiero y no puedo, de los no sé, y de arder. De quemar cada célula como si de pequeñas velas se trataran buscando sentir el calor que aquellos por lo que elegía perderme no me daban. Evidentemente no era la mejor de las ideas ni se compensaban nunca el sufrimiento, las quemaduras o el frío que quedaba cuando no quedaba soflama alguna.

Para cuando tenía 21 parecía que las flechas cesaron su ofensiva. O seguían llegando pero ya se me habían hecho callo las heridas y rebotaban sin más. Más o menos entonces apareciste tú y no te vi. Bueno, sí que te vi, pero no te miré, pasé de largo, seguí mi camino. Seguí perdiéndome. Creía encontrarme en besos y caricias que estaban bien pero lo que buscaba, que ya no sabía lo que era, no estaba allí.

Pasaron los días, las semanas, los meses y los años. Nada parecía haber cambiado, yo seguía dando tumbos por doquier. Aunque empecé a tener frío. No importaba que fuera invierno o verano o cuánto me abrigara. En ese tiempo seguía viéndote de vez en cuando y seguía sin prestarte atención. Como cuando acostumbrado a levantar la cabeza por las noches ves la Luna pero estás tan acostumbrado que no te fijas en ella. Mintras, aquellas raíces se habían enterrado en los más profundo y convertido en sogas de hielo que apretaban cada vez más dejándome casi sin respiración. Tanto era así que cualquier muestra de cariño se me ahogaba en la garganta y se hundía en mi pecho antes de nacer. Ni las cenizas de aquel fuego que una vez sentí parecía haber quedado y de repente, cuando quise darme cuenta, me había acomodado en el primer rincón en que la galerna soplaba con menos fuerza. Y allí me quedé durante demasiado tiempo. Un día me desperté y me di cuenta que en ese refugio no había nada para mí, que realmente no quería estar ahí ni mucho menos era el lugar al que quería llegar, pero parecía doler menos que caminar en la intemperie.

Ya tengo 24 y hace algún tiempo que volví a echar a andar. Seguía sin conocer mi destino, pero ya no me sentía perdido. Caminaba solo sin pensar en nada más cuando nos volvimos a encontrar. Y te vi. Y te miré. Y te volví a ver. Y me pregunté si querría andar contigo. Entonces, dejé de sentir el frío bajo la piel y el hielo que había arraigado dejó de estar ahí.

No me hicieron falta más flechazos, ni tropiezos, ni refugios. Y, aunque todavía se me hace un nudo en la garganta porque tengo miedo de volver a apagarme, de las quemaduras y del frío, hoy, te digo que te quiero.

PD: Realmente no es una carta para Cupido. Es para mí. Y, sobre todo, es para ti, gracias por acompañarme.

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