Cerillas

Pocas tragedias son mayores que nacer como cerilla y no serlo.

Vivo sin saber bien por qué y me dejo llevar. Mis aspiraciones, mis amigos… Todo es tan prefabricado, tan vacío que al final me acostumbro pero hay una parte de mí a la que le falta algo más. Algo que no sé qué es ni dónde buscar. Algo que es ajeno a mí y sin embargo echo en falta como el aire que respiro. Ese mismo aire que me oprime el pecho cada vez que pienso un poco más de la cuenta.

Trata de callar esa voz, pero nunca del todo. Se ha vuelto un murmullo que está siempre de fondo. El hilo musical que me acompaña en las subidas y bajadas del ascensor emocional que es ser humano. Escucho la canción en bucle, me acostumbro a que esté ahí siempre. A veces el volumen está más alto, otras parece que se corta, pero ahí sigue. Y un día aparece aquello que daba por perdido.

Lo veo al otro lado. Tan luminoso, tan cálido. Una estrella en miniatura que parece brillar solo para mí. Me quedo boquiabierto y emocionado como nunca antes porque sé que he encontrado aquello que sentía que había perdido para siempre aunque no lo hubiera tenido nunca. Suena muy raro, pero cuando lo ves, no hay mejores palabras para describirlo.

Entonces abro la puerta como puedo y me acerco lo más deprisa que puedo, tardando unos segundos que se me antojan eternos. Cuando estoy a punto de alcanzarlo, la luz antes acogedora empieza a cegar mi mirada y la tierna calidez empieza a quemarme la piel. Cuando lo veo de cerca me doy cuenta de que la estrella no es más que una bola de fuego ardiente y brillante. Cómo podía haber olvidado algo tan elemental. Dudo. Dudo mucho. «Debería volver» dice la razón. «Sigue avanzando» dice ese instinto que creía haber saciado ya. Me quedo clavado en el suelo sin saber qué hacer mientras lo peor de cada posibilidad me va consumiendo a un ritmo frenético.

No aguanto más y huyo despavorido. Vuelvo a mi ascensor con mi música pero ya no es igual. El murmullo ya no canta, grita y no sé pararlo. Además, las quemaduras que me hice arden tanto que lo único que me alivia ligeramente es gritar.

Rompo a llorar, pero nadie me oye. Las lágrimas que caen por mis mejillas llegan a las cicatrices aún en carne viva y el dolor se vuelve aún más desgarrador y amargo. Quiero volver. Cuando me quemaba, no dolía tanto. El sufrimiento se maquillaba con la caricia de sus llamas.

Me asomo pero no lo encuentro y la angustia se apodera de mí. «Cálmate» me digo en un intento de salvar la situación. Entonces veo un reflejo a lo lejos. Y corro. Corro más que nunca. Ignoro los golpes y los tropiezos «No hay tiempo para caerse». Ya casi puedo sentir su calor y empiezo a ver su luz. Me siento lleno otra vez e ignoro el dolor en los ojos y en la piel.

En este intento elijo seguir. Doy un paso más para poder tocarlo, rozarlo con la yema de los dedos aunque sea. Llego a hacerlo y por primera vez siento que estoy completo. No solo he descubierto mi propósito, sino que lo he alcanzado.

Estoy tan feliz que tardo demasiado en darme cuenta. Me estoy deshaciendo, me convierto en ceniza poco a poco. Mi mano ya no está y el resto de mi cuerpo sigue su camino. Vuelvo a llorar, pero no es tristeza lo que siento. Tampoco hay gritos, ni siquiera dolor. Solo su fuego y lo que queda de mí.

Y ardo.

Y me apago.

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