El sol se cuela por la ventana y saluda tu carita distraída. Esa misma con la que bostezas como un gato al que el calor hace cosquillas mientras remolonea. Yo lo veo y sonrío. Lo hago por ti pero lo hago para mí. Doy un largo parpadeo mientras noto sabor a azúcar en la punta de la lengua, trago saliva y vuelvo a verte. Pero ahora me detengo un momento más ahí y te miro.
Miro esa sonrisa que tuerces y es tan tuya. Miro cómo arrugas la nariz conforme dices alguna bobería y me río contigo. Miro cómo cambia la forma de tus ojos cuando me cuentas una historia cualquiera que a mí me suena a la más heroica de las epopeyas. Y miro el mar de pestañas que los acompaña con cada ida y venida como la marea que coquetea traviesa en la orilla.
Hay algunos momentos, solo si la luz es la adecuada y el ángulo apropiado, en que te miro y, además, te veo, pero de verdad. Y estás radiante. Es precioso porque además, tú, inocente, no te das ni cuenta. Pero rebosas una luz que es magia y es hogar. Es de ese color que hace anochecer a tu alrededor convirtiéndote a ti en amanecer. Eres como el rayo de sol que las flores, cubiertas de rocío, esperan con ansías cuando la oscuridad cae vencida, justo antes de abrir sus pétalos. Como la Estrella Polar que ilumina el firmamento y lleva al norte al navío que se había perdido. O como la luna, que se refleja en el estanque donde nadan todos los te quiero que tengo guardados para ti. Veo tu luz y te veo a ti, ahí sentado. Ahí estás y, sin embargo a veces se me olvida. A veces te veo y te miro, pero no te veo. Esas veces no sé si eres real o si eres un espejismo, el reflejo en el cristal de mis ganas de ti. Pero ahora estás ahí y no quiero dejar ir esta imagen. Tengo miedo de parpadear y que te pierdas, o de perderme yo en la oscuridad que dejes.
Querría congelar el tiempo y perderme justo aquí, en el para siempre que se esconde en este segundo. Pero la eternidad es esquiva y temperamental. Ella tiene sus propios planes y, risueña, deja que la roce con la yema de los dedos pero nada más. Cuando creo que por fin voy a atraparla se escapa y la pierdo en el instante que hay entre un latido y el siguiente. Eso sí, antes de irse me deja un regalo. Un grano de arena del tiempo que toma forma de gorrión y anida en mi pecho. Es cálido y es bonito. Es primavera y es salitre. Es cómplice y es anhelo. Es todo y es vacío. Pero, sobre todo, es tú y es felicidad. Lo miro maravillado y con todo el cuidado del mundo. Tengo miedo de hacer mucho ruido y que se asuste o de romper alguna rama y espantarlo.
Cuando vuelvo a parpadear el reloj ha avanzado y la luz se ha ido. Ya no hay luna. Tampoco hay estrella, ni sol, ni amaneceres. Las rosas ya no aparecen y solo quedan las espinas de la congoja que se clavan en mi corazón con cada latido. Y tú estás pero ya no estás. Se me escapa el aliento y no me sale la voz. O quizás ya no me quedan palabras. O se han quedado todas atrapadas. O están todas perdidas en la oscuridad, que es lo que queda.
Vuelvo a mirarte. Nada más que mirarte, porque ya no puedo verte y juego a imaginar dónde estás. El sol sigue abrazando tu cara y me encuentro a ojos frente a frente. Vuelvo a sonreír más para mí que para ti y me pregunto si tú también me ves para mirarme. Y si, cuando me miras, me ves.