Las 4:00

   Eran las 4:00.

   Ya las 4:00.

   Sólo las 4:00.

   Las tres veces he dicho lo mismo y al mismo tiempo no. Es un poco paradójico que un adverbio, una palabra que al fin y al cabo no es más que algo intangible, condicione tanto la percepción que tenemos del mundo que nos rodea.

   Que fueran las 4:00 era un dato. Real, frío, palpable… Un breve suspiro de objetividad en una madrugada donde los sentimientos pululaban libres por la habitación. Ese dato aparentemente tan cierto e inmutable, sin embargo, podía dejar de serlo de ir acompañado de alguna de las palabras que dijimos al principio.

   «Sólo» o «ya» hacían que «las 4:00» dejaran de ser solamente un número. Le conferían vida y emoción. Un sentimiento que es la chispa que separa lo humano de lo racional. Ya no era más un momento, un punto concreto en la historia de un Universo que poco se preocupaba de los seres que lo habitaban, era algo más. Ahora era una situación, en la que el propio tiempo, burlón, jugaba con nuestras mentes y con la percepción que tenemos de él.

   Esto son palabras mayores. Una persona cualquiera (tú, yo mismo, o quien quiera que se te ocurra) es capaz de hacer que la realidad que percibimos cambie radicalmente. Eso es un poder inmenso que nadie nos ha enseñado nunca a controlar. Porque, ¿qué es para ti lo real, sino aquello que puedes captar? ¿Acaso existe para ti un mundo real que existe más allá de tus concepciones?

   No lo creo.

   Eso significa que nosotros mismos, conforme hablamos y pensamos, somos los responsables de la realidad (o por lo menos de la percepción de ella) que los demás y nosotros mismos vivimos. ¿No nos convierte eso en Dioses de nuestro propio mundo? Nadie debería sentirse pequeño en un lugar en que eres Rey de todo y dueño de nada.

   Deberíamos tomar conciencia de ello y hacernos responsables. Elegimos contentarnos con el sonido de las palabras en lugar de hacer música con ellas. Es nuestra elección ser presos de lo que contamos en lugar de abrir la jaula y echar a volar por un cielo en que el Sol pueda brillar para nosotros solos.

   Nuestra vida es un lienzo pintado con las salpicaduras de otros porque no nos atrevemos a coger la paleta y el pincel. Un cuadro triste que decidimos mirar cómo otros pintan por accidente en nuestro lugar.

   Pero qué sabré yo, total, ni mis fantasmas me escuchan ya esta madrugada. Qué sabré yo, si ya son sólo las 4:00.

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