Había una vez un niño que pasaba las noches mirando al cielo nocturno. Una vez, su abuela le había contado que cada uno tenemos una estrella que está siempre cuidando de nosotros, y que sólo salen de noche para que sean los más grandes soñadores quienes puedan encontrarlas.
El pequeño, que sentía cariño por todas las criaturas de la naturaleza, pensó que su estrella debía de sentirse muy solitaria, pues si él se iba a dormir cuando ella llegaba, no tendría a nadie con quien hablar. Por ello, decidió pasar todas las noches asomado a la ventana, y le contándole historias sobre grandiosos héroes, valientes caballeros y astutos piratas, llenas emoción y aventuras, hasta quedarse dormido. Desde entonces, él nunca se sentía solo, y cuando estaba triste, sabía que su amiga estaría allí para acurrucarlo.
Un día, el niño quiso saber cuál de todos esos luceros era el suyo.
Primero pensó que como él era aún pequeño, su estrella tendría que ser una de las más diminutas. Pero rápidamente descartó esa idea, ya que se le ocurrió que como él nunca había tenido pesadillas, su compañera tendría que ser enorme para luchar contra los monstruos de la noche. Después empezó a divagar sobre si estaría en alguna constelación, o si brillaría apartada de las demás. Así pasaba el tiempo, preocupado de cómo sería en realidad esa estrella misteriosa. Y aunque nunca estuvo seguro de cual era ni pudiera oírla con claridad, sí que sabía que estaba allí, escuchándolo y haciéndole compañía.
Mientras tanto, su querida estrella pasaba los días y las noches velando por él. Siempre que tenía calor se encargaba de pedirle al viento que soplara una brisa de aire fresco a su alrededor. Sí se perdía por el bosque, ella le susurraba muy bajito al oído cuál era el camino que debía seguir, haciendo que pareciera una idea propia de él. Y si la noche estaba muy oscura, ella brillaba con fuerza para intentar iluminarla. Y aunque así los dos eran felices, a veces las cosas se tuercen.
Tras varios años, el chico, que ya había crecido, había ido abandonando a su estrella. Ella pasó de ser el centro sus pensamientos a quedar atrapada en el olvido. »Sólo son cuentos para niños» pensaba él. Hacía ya mucho tiempo que él había dejado de contarle esas maravillosas historias, y últimamente ni siquiera se asomaba por la ventana para verla. Por su parte ella seguía cuidando de él, brillando incluso más cada noche para intentar recuperar a su compañero.
Pero él nunca le hacía caso.
Al final, llegó el trágico momento. Ella había gastado todas sus fuerzas en intentar llamar su atención, así que no tuvo más remedio que ir alejándose poco a poco de él. »Ha crecido, ya no me necesita» pensaba con el corazón desgarrado, y un día, su luz terminó por apagarse del todo.
Una noche estaba triste, el joven se hallaba desconsolado y se asomó a la ventana pensando en cuánto echaba de menos a su vieja amiga. Esperó toda la noche a que ella apareciera y lo arropara entre sus sábanas de luz. Pero esa vez no obtuvo respuesta.
La había perdido. Así que no le quedó más remedio que pasar las noches solitario, en busca de otra compañera. Pero nunca la encontró, porque no había otra igual. Descuidó a la suya y la dejó marchar.