Son las 00:22 y el sueño que hasta hace no mucho se adueñaba de mis párpados parece haber vuelto a su escondite perdido en algún rincón de mí. El agua caliente de un mate lavado deja un sabor que recuerda al amargo dando vueltas por mi boca. Un sabor familiar que acompaña a todo tipo de recuerdos, aunque el de hoy es especial. Hoy sabe a una mezcla perfecta entre hogar, ilusión, miedo y atrevimiento.
¿Cómo puede saber a tanto un sorbo de agua? Por mil razones, por ninguna. A veces una charla distendida, alguien que te escuche, o mejor dicho, alguien que te comprenda, puede cambiar muchas cosas. También lo puede hacer una palabra o una frase que no sabías que esperabas hasta el momento en que la recibes. La escuchas, la lees, la repites en tu cabeza y da vida a las cosas más inanimadas. Mientras esto ocurre, la música del piano sigue la lalá lala la lá lalala la lalá la lá. A veces suena nostálgico, a ratos feliz, en ocasiones perdido y siempre inspirador. No, no es una pieza compleja, de hecho, se trata de la misma melodía en bucle, los mismo 93 segundos que se repiten durante otros 15.300 aproximadamente.
Entonces suspiro. El aire que pierdo en un segundo, que no significa nada, arrastra mil ideas. Ideas que nacieron con alas para volar pero sin cielo que surcar. Hasta que de repente ocurre ese pequeño instante repleto de magia. Conectan con el mundo material y, ocultas por un halo invisible de misterio y complicidad, empiezan a flotar torpemente hasta remontar vuelo y perderse en lo más alto. O quizás lo que ocurre es que se deshacen (no puedo verlas) en miles de pequeños fragmentos de sueños, rotos y enteros, que llenan de esperanza el aire que los rodeo. «La diferencia entre esperar y esperanza son sólo tres letras» leí el otro día. Tres letras que no significan nada pero que lo pueden todo. Lo que puede cambiar en el instante en que decidimos añadir una sílaba tonta que se escapa en un intento de revolucionar el mundo.
Ese soplo que se escapa sigue estirándose en el tiempo, volviendo un instante en eternidad al igual que una bellota puede albergar toda una colonia de hormigas o, una concha del tamaño de una lenteja, el hogar para un cangrejo que busca refugio.
Qué maravillosa sensación esa, la de jugar con el tiempo. Como si las leyes de la física tuvieran una cláusula que ni Newton, Einstein o Hawking supieron describir. Un pequeño lapsus en el frenético movimiento del universo. Ni la muerte de miles de estrellas pidiendo auxilio en la inmensidad es comparable con la habilidad que tenemos de frenar el avance del reloj. Las manecillas siguen a su ritmo sin parar, pero el tiempo, el de verdad, no corre y el momento queda en éstasis en una burbuja de cristal.
Se acaba el aire y vuelvo a oír el tic tac machacando mis tímpanos en silencio. La realidad me envuelve en un abrazo frío sin darse casi ni cuenta. Y aprovecho esas últimas centésimas para atesorar ese instante de eternidad antes de que se pierda. Un momento en que me volví infinito justo antes de volver a respirar. Sonrío para nadie mientras cebo el mate y me lo llevo a la boca. Tarareo una canción trisfeliz y pienso en todas las ideas que ahora flotan a mi alrededor, en las 500 vidas que Amaral anhela en una canción y que me siguen sabiendo a poco y en las ganas no perderme un segundo de esta que tengo.