Una melodía triste, densa y cargada de melancolía resonaba en la habitación. Mientras tanto yo intentaba olvidarme de todo y encontrar una luz al final del túnel. Pero no la veía. Conforme pasaba el tiempo las notas del piano se volvían cada vez más intensas, con una cadencia que podría barrer la moral del más valiente. Cada vez que pulsaba una tecla, el piano, como si de un acorde se tratara, emitía dos vibraciones: una correspondiente a la nota y la otra, casi imperceptible al oído, a la emoción. Quizás sea difícil de entender, pero es como si enterrado bajo la partitura hubiera un fantasma, y que al interpretar la pieza, este cobrara fuerza y absorbiera cada hálito de vida de mi ser.
Sentía una presión en el pecho y el aire estaba demasiado viciado como para respirar con normalidad. La falta de oxígeno comenzaba a hacer mella en mi cuerpo y podía sentirlo: las extremidades me pesaban y ya se había reducido mi ritmo cardíaco por debajo de lo normal. Sabía que tenía que salir de ahí pero tenía el irrefrenable instinto de quedarme allí hasta el final, aunque no tenía muy claro si el de la melodía o el mío.
Mientras tanto yo la veía, procuraba no quitarle el ojo de encima, así, si me quedaba dormido, sabría que ella sería lo último que viera. Además, se trataba de un espectáculo digno de admiración. Cuando se ponía al piano cambiaba totalmente, como si su verdadera esencia saliera a la luz y todo lo que es por dentro la recubriera. Era maravilloso verla así, no obstante esta noche estaba diferente, como si no disfrutara de lo que hacía, al menos una parte de ella no. Como si ese manto que la abrigaba tuviera una mancha que desentonaba con el resto. Tampoco era la primera vez que oía »Claro de Luna» sin embargo esa interpretación transmitía una mezcla de resentimiento, pena y, al mismo tiempo, liberación, tan arrulladora que volvía a la interpretación única.
Quizás debiera hacer algo para cambiar la situación o intentar solucionarlo mientras fuera posible. Entonces, al tiempo que pensaba en alguna alternativa oí un estruendo que me devolvió a la realidad: ya era demasiado tarde, al fin y al cabo, cuando la vi sentarse al piano ya sabía que no había otra opción. Así, decidí intentar disfrutar del recital, poco más podía hacer. Ya había intentado hablar con ella antes, pero una vez que empezaba la música no había palabra que la hiciera pararse, por no mencionar el grave atentado que significaría interrumpirla en el que quizá fuera el mejor concierto de su vida. Lo más triste de todo es que yo sería el único que la oiría.
Para completar la velada, ella había corrido las cortinas púrpuras del salón, dejando así que la luz del cielo estrellado inundara el cuarto. En ese momento eche un vistazo y caí en que esa noche era luna llena. Y era preciosa. Se veía más grande, redonda y argenta que nunca, y, aunque puede que esa visión fuera fruto de mis delirios por la falta de aire, yo estaba seguro de que no era así. La conocía lo suficientemente bien como para saber, casi con total seguridad, que nada de todo eso era casualidad. Seguramente ha dedicado semanas, incluso meses, a preparar aquello. Era demasiado cuidadosa como para dejar cualquier detalle al azar, y menos si iba a tocar. Al fin y al cabo la música era lo que ella más amaba, y la veneraba demasiado como para permitirse el más mínimo imperfecto.
Ya empezaban a fallarme la vista y el oído, notaba como faltaba poco para caer inconsciente y dejarme acariciar por el sueño. Hice un último esfuerzo antes de cerrar los ojos y fije aún más mi vista en ella. De repente vi como una lágrima se derramaba suavemente por su mejilla. No lo entendía. Quise preguntarle pero era demasiado tarde, ya no me quedaban fuerzas y notaba como caía en los brazos de Morfeo. En realidad, esa era la forma más dulce de dejarme llevar por él, antes de visitar a su hermano Hades, pues estaba acurrucado por las llamas y la sonata hacía al tiempo de nana para dormir. Y, justo antes de desvanecerme, pude oír como me decía »Te quiero», al tiempo que retomaba el instrumento.
Pasadas varias horas llegaron las autoridades y los bomberos, y, aunque consiguieron apagar el incendio ya era demasiado tarde, yo ya me había ido y a ella no le quedaba mucho. Sin embargo, aparecieron en el momento oportuno, pues pudieron oír el final de la pieza antes de que, junto con la última nota, su vida se silenciara para siempre. Eso probablemente tranquilizara su alma, tuvo público en su último gran espectáculo.
Al día siguiente encontraron una nota en la que ella explicaba como lo que hizo fue un acto de amor para sí misma, y lo único que pedía era que enterrasen sus restos junto a los de su amado piano y la partitura de su última canción.