Reflejos

Delirante. Esa es la mejor palabra para definir lo que fue. Lo que es. Cómo seguiría siendo.

Un reflejo en un espejo empañado. El bosquejo de lo que quería pensar y no fue. Y ahí está la clave. Lo quería, lo anhelaba, lo buscaba por todas partes… Por eso me conformé con una sombra difuminada en un cristal.

Un día el vaho que cubría el cristal desaparece. Estás allí de pie totalmente definido. Te has vuelto mucho más real, yo me quedo congelado. Te miro fijamente prestando atención a cada detalle. La curva de tus labios, la forma y el color de tus ojos, el arco de tus cejas o cómo asoman tus dientes cuando sonríes… Había fantaseado tanto que verte tan real se asemeja más a un sueño que a cualquier otra cosa.

Quiero darme la vuelta, ir corriendo a abrazarte y sentir que me deshago en tus brazos. Pero no lo hago porque tengo miedo. Miedo de girarme y que no estés. Miedo de que me veas como te veo yo a ti y salgas corriendo. Miedo de quedarme mudo antes de llegar. Miedo de olvidar tu imagen en el camino. Miedo de perderte. Miedo de perderme.

Elijo quedarme ahí, con los pies clavado en el suelo y la vista en el cristal. Quiero alargar este momento para siempre, ignorando que el cristal se empieza a resquebrajarse. Cuando me doy cuenta es ya demasiado tarde.

Crac. Se rompe. Caen delante de mí mil astillas en las que te veo por última vez. Hago de tripas corazón y me doy la vuelta para correr en tu dirección, esperando verte allí, como en mi espejo. Mirando hacia mí, sonriendo. Corro hasta que me duelen las piernas. El sabor a hierro inunda mi boca y el aire me falta. Pero sigo sin encontrarte.

Me doy cuenta de que quizá nunca estuviste realmente. Quizá nunca dejaste de ser una sombra en mi viejo espejo. Una mancha borrosa sobre la que parecía fácil proyectar aquello con lo que soñé. Siento que me rompo como el espejo. Me parto en tantos trozos como veces sonreí creyendo verte, como veces pensé en las ganas que tenía de que estuvieras a mi lado, como veces esperé que no te fueras. Caigo al suelo de rodillas y lloro. Lloro por haberte perdido mi chico del espejo. Lloro por haberme perdido en ti, que no eras más que mi propia fantasía delirante.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *