¿Alguna vez habéis tratado de cruzar el océano?
No me importa cuál de ellos. Ya sea el inmenso Pacífico o el más modesto Ártico, todos suponen un reto impensable para cualquier ser humano. Y me aliviaría mucho saber que por ahí hay alguien que hubiera tenido que afrontar algo así y hubiera tenido éxito.
Porque yo no tengo otra opción.
Estoy agotado. Ya no sé de dónde sacar fuerzas para seguir adelante y, sin embargo, eso hago, seguir nadando. Porque si no nado me alcanzará aquello de lo que huyo, las tinieblas de las profundidades están siempre al acecho y, a diferencia de mí, ellas parecen no necesitar ningún tipo de descanso.
En realidad, de haberlo querido ya podrían haberme cazado, pero no parece que sea eso lo que buscan.
No actúan como si quisieran atraparme, se comportan como si esperaran a que fuera yo el que se rindiera. Siempre están ahí, cerca, por si en algún momento la voluntad flaquea y decido parar. Eso confirma mis peores pensamientos. No soy su presa, soy su mascota. Y lo seré hasta que se aburran de mí y den por concluida la partida devorándome. Para ellas es sólo un juego.
Pero, ¿Qué pasa si yo no quisiera seguir jugando? Me duelen todos los músculos. Los pulmones y la garganta me arden al respirar el aire salobre. Apenas puedo abrir los ojos y me falla la vista. No soy rival para ellas y mi capacidad de resistencia está totalmente mermada.
Puedo oír cómo se se ríen de mí. Lo sé, en realidad no puedo oírlas pero las carcajadas parecen tan reales… Siento cómo se mofan de mí, dejándome creer que tengo la más mínima oportunidad cuando desde el principio mi derrota era evidente. Evidente para ellas, pero no para mí, que jugué a desafiarlas.
Y ahora pagaré las consecuencias. Las consecuencias de creer que cruzaría un océano de lágrimas y saldría ileso. De creer que las heridas eran sólo superficiales hasta que las vi de cerca. Hasta que vi a las sombras de mis miedos, de mis sentimientos, de todo lo que sufrí. Ellas no corrían, nunca lo hacían, pero tampoco dormían.
Tengo ganas de abandonar, de rendirme a ellas y dejar que me desgarren. Al fin y al cabo resulta que estaba muerto antes de empezar a llorar, ¿Para qué seguir?
Entonces, decido pararme, dejar que me engullan. Las noto cerca. Un instinto natural me dice que huya, pero ya no quiero y me obligo a quedarme quieto. Las veo abalanzarse y, aunque estoy muerto de miedo, una parte de mi se siente aliviada de saber que me comerán.
Pero no es eso lo que ocurre. Al tiempo que las sombras me rodean me doy cuenta de que no me están desgarrando. De que su tacto no es tan frío. De que siento que he encontrado una parte olvidada de mí. De que no quiero que se vayan. Lo único que quieren es que las abrace como ellas a mí, y eso hago.
El miedo desaparece y con él, las sombras, dejando atrás solamente una lágrima que recorre mi mejilla. Cuando me quiero dar cuenta vuelvo a abrir los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, veo tierra en el horizonte.