Me lanzo a por la siguiente piedra sin siquiera tener que pensarlo. Mi cuerpo actúa solo, por instinto, como si estuviera recordando los pasos. Estirar el abrazo, agarrarme. Levantar la pierna contraria, tantear el terreno. Localizar el siguiente objetivo, coger impulso. Saltar. Saltar como si me fuera la vida en ese acto. Afianzarme y vuelta a empezar. Es tan fácil que me dejo llevar, sin ser del todo consciente cuánto de arriba estoy.
Ya llevo bastante tiempo así. Un día sí y otro también. Y, ¿sabes qué es lo mejor? Lo feliz que soy. Es como si de repente encontraras algo que sientes que es lo tuyo. Algo que no sabías que andabas buscando. Algo que quizás estuvo siempre ahí y en lo que nunca pensaste. A veces aparece sin más, otras jugueteas un poco hasta que realmente te das cuenta de lo bien que te hace sentir. Y sabes que es lo tuyo porque no hay preocupaciones ni dificultades. Pues yo lo he encontrado.
A veces hace sol, otros días llueve. Pero yo sigo escalando. Hay días en los que me tiembla el pulso o me apoyo en lugares que parecen poco estables y parece que avanzo menos, mientras que otros recorro mucha distancia casi sin darme cuenta.
De hecho, sigo avanzando en mi ascenso mientras estoy escribiendo esto. Y, probablemente, también mientras lo lees.
Pero, de repente, miro hacia abajo y me quedo paralizado.
Noto cómo una coraza de hielo me atrapa entumeciendo todo mi cuerpo, anclándome en mi sitio. Respiro a bocanadas, con ansia, como si me ahogara. Sin embargo, el aire parece asfixiarme desde dentro cada vez más y más. Mientras, la mirada de se me nubla completamente. Me mareo, creo que voy a perder el sentido.
Doy un largo parpadeo. Dos. Y tres. Trato de enfocar la vista y ahí sigue, el vacío, la nada misma se abre ante mí. Siento que me va a tragar, que voy a caerme en cualquier momento y me voy a perder dentro de ella, de un mar de oscuridad.
La incertidumbre de no saber si seguirá habiendo otra piedra a la que agarrarme, si se soltará, o si me resbalaré se convierte en miedo, auténtico terror de hecho. Y no, no tengo pánico a las alturas, o al menos hasta ahora nunca lo había tenido. Aunque, visto de otra manera, tampoco había estado nunca tan arriba
Soy capaz de sentir los cortes que me haría con las rocas conforme cayera. Las magulladuras resultantes de cada impacto con la pared de piedra. Me invade la culpa por haberme permitido llegar tan alto. También se pasea por mí la angustia de no saber qué ocurrirá. Y, finalmente, la desesperación por querer llegar al suelo, por ponerle fin.
Rompo a llorar. Y tiemblo. Ya no estoy agarrotado, ahora tiemblo. Todo me da vueltas y no sé qué hacer. Pienso en soltarme. Sería tan fácil. El dolor es una certeza, pero también lo es el suelo. Está ahí, aunque no pueda verlo.
Sacudo la cabeza. ¿Qué estoy diciendo? No es que no quiera caer, no querría ni bajar. Tampoco quiero renunciar a subir, ni a estar donde estoy, ni a la alegría que siento a cada paso. No pienso hacerlo.
Vuelvo a respirar. El aire es diferente, hincha mis pulmones y me cura. Sana el dolor de mis músculos y derrite el hielo que me tenía atrapado. Recupero la fuerza en los brazos y, poco a poco, vuelvo a ser consciente de mí mismo. De mi propio peso, sin sobrecargas. Para cuando estoy totalmente recuperado resulta que ya me he encaramado a la siguiente piedra.
Las lágrimas ya se han secado y sonrío. Vuelvo a mirar abajo y ya no hay vacío. Sólo veo el recuerdo de los pasos que ya di y me invade la emoción por los que pueda llegar a dar. Me río, me río a carcajadas, de mí mismo, de mis dudas, de mi miedo. Porque he ganado mucho más de lo que nunca pensé.
Y es que el vértigo es tan solo miedo, miedo a perder.