El castillo de papel

El torreón era tan alto que parecía arañar las nubes y tenía cientos de habitaciones. Lo sé porque lo había construido yo mismo. Las había decorado todas con mucho mimo y no había dos iguales. Eso sí, todos los muebles eran del blanco más puro y las lámparas de araña iban a juego. Me encantaba ver cómo la luz se reflejaba entre sus cristales y se movía con ellos, parecía que jugaran, que bailaran. Aunque lo que era verdaderamente curioso eran las paredes. Las había hecho de papel. Me gustaba que los rayos de sol pudieran atravesarlas y que no entraran sólo por las ventanas.

Llevaba mucho tiempo allí. No recordaba exactamente cuánto, pero lo suficiente como para que el exterior se hubiera convertido en un vago recuerdo.

Os contaré tres verdades. La primera es que me encantaba estar allí, me sentía feliz de tener mi lugar. La segunda es que me moría por volver a estar fuera. Por ver a los pájaros que apenas oía cantar ahora. Por respirar el olor de las flores en primavera. Por caminar sin saber a donde iba, sin tener que volver a ningún sitio. La tercera es que me había quedado encerrado. Podía salir cuando quisiera, sí, pero me daba auténtico terrorTenía miedo de que al irme se derrumbara. Miedo de que otro lo ocupara y no poder volver. Miedo de olvidarlo. Miedo de no tener donde dormir. Así que no salía.

Conforme seguía pasando el tiempo esos dos sentimientos se hacían cada vez más grandes. Tanto que llegó en que no poder ver el mundo de fuera e interactuar con él me consumía, sólo pensaba en eso. Pero cada vez que me armaba de valor para cruzar el portón me quedaba paralizado. No era capaz. Casi podía oír a las paredes susurrar «¿Te vas? ¿Me vas a abandonar? ¿Me vas a dejar sólo?» Y se me partía el alma. Claro que las paredes no hablaban, era yo sintiéndome culpable. Siempre había querido tener mi propio castillo y ahora que lo tenía sólo quería huir de él. Y lo peor es que no podía hacer nada más, porque dedicaba todos mis esfuerzos a acallar la lucha que tenía en mi interior.

Un día que no lo soporté más salí. Corrí por todas partes. Olí las flores. Vi a los pájaros. Por un instante sentí una alegría que hacía tiempo que no sentía. Fue un soplo de aire fresco, una emoción desbordante. Quería que ese momento durara para siempre, pero no fue así. De repente los pájaros se fueron y las flores se marchitaron. Y yo me quedé desolado.

Entonces volví a mi castillo para ver si seguía allí. Lo encontré en su sitio y entré una vez más. Paseé las habitaciones, miré las lámparas y la luz bailar y comprobé todas las habitaciones. Todo estaba en su sitio, era todo igual, salvo una cosa: yo. Ya no sabía si de verdad me sentía bien allí. Ya no sentía la felicidad que sentía antes de haber salido. Quería volver fuera, pero todo lo que me gustaba ya no estaba. Y me senté preguntándome si habría flores nuevas la próxima primavera o si habrían vuelto los pájaros o si saldría a buscar lo que se había ido o me quedaría roto, en mi castillo de papel.

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